La caída vertiginosa desde lo más alto, desde tu punto más
feliz, donde tienes una vista hermosa, nada te duele, nada te hiere, es la
caída que te destroza la cara y te desgarra la blusa que más te gusta con
alguna rama salida en cualquier punto del largo caer.
En el fondo, no se ve el suelo, solo oscuridad e
incertidumbre, en el fondo miedo y al tiempo tranquilidad, porque esta caída la
esperabas. El temor de estar allá arriba es el temor de que esté todo bien,
mover un músculo y que se derrumben los naipes.
La caída es veloz, pero en esos segundos la paz llega.
En algunas micras, se detiene el tiempo y, despacio, te das
la vuelta. Ahora caes de espaldas, mirando al cielo, como te gusta estar.
Empiezas a disfrutar del viento en las orejas y deseas no dejar de caer nunca.
En ese momento deja de importar el golpe, la blusa, los otros y puedes pensar
claramente. Te das cuenta que no necesitas nada, más que dejar tu cuerpo en
manos de la gravedad y que la verdadera incomodidad se ubica en el suelo y en
la cima, pero el caer, el durante, es el equilibrio
perfecto.

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